martes, 29 de diciembre de 2009

Un millón de soles

"No hay peor certeza que la que nace de lo que se presiente"
Midori



El despertador no alcanzó a sonar. Dio vuelta en la cama, tiró de las sábanas y sumió la cabeza en la almohada. Pasaron algunos minutos y no lograba volverse a dormir. El cuerpo comenzó a dolerle. Estiró las piernas, los brazos, sacudió el sueño de sus ojos y decidió comenzar el día.

En su camino a la cocina, pasó a un lado de la computadora, reprimió el deseo de prenderla y siguió adelante. Preparó un café negro. Se lo bebió de un sorbo y se dirigió al escritorio. Encendió la computadora, abrió el internet, eligió la página del correo, ingresó la contraseña, cerró los ojos y al abrirlos, no encontró nada. Sólo noticias de Facebook, publicidad, felicitaciones, pero nada de lo que buscaba.

Cerró la página y abrió una de word. Tomó la caja de cd’s y aleatoriamente, escogió uno. Alejando Sanz. Daba lo mismo, de todas formas, aunque sonara en el reproductor de la computadora, no lo escucharía. Quería escribir, ser capaz de disfrutar desde adentro y así, volver a sonreír. Más allá de las apariencias. Más por ella. Como hasta hace tan poco.

Colocó las manos sobre el teclado e intentó llenar el espacio en blanco. Las ideas se amontonaban, las historias se formaban, pero todas, sin excepción, comenzaban por el final. Entre frases carentes de sentido, alcanzó a escuchar el estribillo de una canción que le perforó el pecho, tan profundamente, que los dedos se le paralizaron y el corazón se le hundió. Pasaron los segundos y a Midori el oxígeno se le escapaba. Corrió a la ventana, inhaló, elevó los brazos, cerró los puños y el dolor sólo se hizo más hondo.

La esperanza se diluía conforme aumentaba la certeza de que, así se aferrara con la energía de un millón de soles, no había nada que ella pudiera hacer para que él regresara.

Ya lo había hecho todo.